La violencia contra la mujer comienza en la
infancia y es en la familia donde principalmente se ejerce esa violencia. La
infancia es especialmente vulnerable a la violencia y la niña sufre un plus
añadido por su condición femenina. A la ablación,
generalizada en determinadas comunidades e ineludiblemente ligada al sexo
femenino, el comercio sexual que puede arrancar ya en el seno de la familia con
la venta de la niña, o el infanticidio y
los abusos sexuales,
más frecuentemente ligados al sexo femenino, se une una más estricta autoridad
paterna, ejercida también por hermanos, y una educación discriminatoria que
limita sus expectativas vitales.
En la actualidad, la posibilidad de detectar
el sexo durante el embarazo ha venido a agravar el problema con abortos selectivos. Más
del 80% de las violaciones las perpetran miembros de la familia de la víctima,
y mayoritariamente a edades muy tempranas, cuando esta no pasa de ser una niña.
Padres, abuelos, tíos, adultos en los que ella confía pasan a ser sus
agresores. Este es un problema mundial que en muchas ocasiones no trasciende
más allá de los límites de la propia familia, la niña sufre la violencia en
silencio, avergonzada y con sentimientos de culpa.
La venta de niñas sería otra violencia
sufrida por la mujer en la infancia y en la familia. Estas ventas pueden tener
diversas finalidades, pero el lucrativo negocio de la prostitución,
las enfermizas inclinaciones sexuales de clientes, unido a la miseria en la que
se ven sumidas muchas familias han extendido el comercio de niñas, menores de
diez años en muchos casos, destinadas a la explotación sexual.
A estas violencias, aún habría que sumar
otras muchas de menor carácter que irían desde un mayor autoritarismo paterno y
familiar, a los matrimonios forzosos. La violencia ejercida contra la mujer,
sea cual sea su naturaleza, tiene como marco preferente la familia.
